Opinión

RESACA ELECTORAL 2018

Asumo que entre la mayoría de mis amigos y conocidos, debe existir tristeza, miedo, enojo y sorpresa. Sin embargo es preciso que tratemos de entender lo sucedido, principalmente entre los que trabajamos de alguna u otra forma con la educación y la cultura.

Las iglesias neo-pentecostales, mejor conocidas como evangélicas, comienzan a difundirse masivamente en nuestras tierras, a partir de la década de 1980, cuando grupos tele-evangelistas como el Club 700, iniciaron una cruzada desde el norte del continente, para contrarrestar la incidencia de la “Teología de la Liberación”, en el contexto de las Guerras civiles centroamericanas.

En Costa Rica, tras los Programas de Ajuste Estructural, iniciados durante el Gobierno de Luis Alberto Monge (1982 – 1986), inició el avance y profundización de las políticas neoliberales, que conllevaron al desmantelamiento de ciertas instituciones claves del desarrollo nacional: CNP, ITCO – IDA, DINADECO, INFOCOOP, CEMPASA, FERTICA, entre otras.

A partir de entonces, aumentaron las desigualdades entre las comunidades de la GAM y la periferia rural, siendo éstas últimas las más vulnerables ante la reducción del tamaño del Estado. De este modo, la pauperización de la pobreza y marginación social, fue el caldo de cultivo para la penetración de las iglesias neo-pentecostales entre los colectivos más lesionados.

Es decir, estas congregaciones religiosas le aportan a los individuos, aquello que el Estado ya no es capaz de darles: una identidad. Las iglesias evangélicas han logrado posicionarse más allá del culto, debido a que alrededor de éste, surgen agrupaciones culturales y deportivas: música, baile, equipos de fútbol, motociclistas pandilleras, y un largo etcétera.

Lo anterior no está mal, al contrario, son organizaciones sociales ejemplares; están compuestas por personas nobles. Sin embargo, también los convierte en sujetos proclives a la manipulación de sus líderes espirituales, a conveniencia de sus más oscuros intereses políticos, propiciado por el mencionado cobijo emotivo que representa su iglesia. Así, el miedo y el odio se convirtieron en su estandarte, disimulados tras el discurso de “defensa” de los valores y la familia tradicional.

El tema es bien complejo, pues, ¿cómo contrarrestar toda esa carga de sentimientos que aglutina a éstos grupos?, ¿qué han hecho durante poco más de tres décadas las instituciones educativas y culturales por atender a estas poblaciones?. No es de extrañar, entonces, que el PRN arrasara en las regiones más deprimidas del país, donde las necesidades de servicios y oportunidades, han sido cubiertas por estas congregaciones religiosas – conservadoras.
Todo esto lo escribo, no solo como terapia personal, sino para visualizar posibles salidas de este laberinto. Como señaló el propio Carlos Alvarado, se trata de ser más tolerantes que nunca y abrir canales de diálogo con todos los sectores posibles. No se debe hacer burla o señalar con odio a nuestros detractores, primero es necesario conocerlos e implementar la metáfora del espejo: reflejarnos en ellos.

Desde hace varios días lo señalé y lo reitero con preocupación, “las elecciones de 2018 van a dividirnos más que el Referéndum de 2007”, y esto porque hace 11 años los antagonismos fueron seculares, los de hoy son de otra naturaleza. Tales disputas serán el escenario más perturbador (y violento) de la Costa Rica del Bicentenario.

Un artículo por Adrián Chaves Marín.  MSc. en Historia y docente de Estudios Sociales, para el Ministerio de Cultura y Juventud, en el Museo Histórico Cultural Juan Santamaría.

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